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El puto running



Correr, “hacer footing” o, simplemente, running es un deporte curioso. La mitad de España lo practica y la otra mitad esta harta de oír batallitas de los que lo practican.
 
Si os queda alguna duda sobre a qué mitad pertenezco, debéis saber que, cuando recibáis esta Bonilista, yo llevaré una hora trotando por Donosti, intentando acabar mi primera media maratón.

Yo y el running
 
No sé si lo conseguiré, pero sí sé por qué lo estoy intentando: porque TODO se ha puesto en CONTRA para que alcance la meta. Empezando por la genética, la jodida genética.
 
Deportivamente siempre he sido mediocre y nunca me ha interesado especialmente el ejercicio físico. Por eso recuerdo perfectamente cómo empecé en esto del running. Hace muchos años –tantos que parece que fue en otra vida- saltaron todas las alarmas en un examen médico. Midiendo apenas 1,68m, llegué a pesar 98kg. Mi hígado estaba tan saturado de grasa que corría el riesgo de sufrir cirrosis y decidí poner pies en pared.
 
Me puse a dieta y empecé a hacer deporte. En seis meses, perdí 25 kilos. El running me ayudó a conseguirlo.
 
Mis aficiones tampoco me han ayudado demasiado a completar la carrera de hoy. Me acostumbré a correr para conseguir controlar mi peso porque, en realidad, a mí lo que me gusta no es el running sino beber 2 litros de Coca Cola al día y engullir tarrinas de Häagen-Dazs en una sola sentada.
 
Cuando sales a correr, cada kilo de más es un lastre que cuesta –duele- arrastrar toda la carrera. Tanto esfuerzo que empiezas a plantearte si es buena idea saltarte la dieta, más por intentar ahorrarte sufrimiento en carrera que por pura fuerza de voluntad. El running me ayudó a regular mi alimentación.
 
Y a pesar de que ayude a controlar mi dieta y mi peso, no creáis que mi familia aprecia especialmente el running. Para mi mujer es una obligación más que yo mismo cargo a mis espaldas de forma innecesaria -como escribir esta Bonilista todas las semanas- y, para mi madre, es una fuente de preocupación. Ella me sigue viendo como el mismo hijo gordito y sedentario que conoció hace 37 años. Si le hubieran preguntado hace 20 años, creo que hubiera dado más posibilidades a encontrar vida inteligente en Marte que a verme acabar una media maratón.
 
Para el resto, es una excentricidad tolerable, comparable a que me sigan gustando los videojuegos “a mis años” o que siempre ande en calcetines, en casa y en el trabajo.
 
Mi profesión tampoco ha echado una mano. Desde que empecé a crear Otogami me he dedicado en cuerpo y alma a ayudar a sacar la empresa adelante. Y el trabajo lo engulle todo, incluida una vida personal en la que apenas hay sitio para nada más que intentar dedicar tiempo de calidad a mi mujer y mis hijos, algo que demasiados días no consigo. Pronto, me descubrí levantándome a las 6 de la mañana para poder salir a correr una hora.
 
Y, creedme, la única manera de motivarte para salir a las seis de la mañana y no sentirte como un auténtico gilipollas es marcarte un objetivo. El temor a hacer el ridículo en la carrera de hoy –o, peor, lesionarme- ha sido la única manera que he encontrado para obligarme a dedicar algo de tiempo a mí mismo.
 
En realidad no sé por qué me ha dado por el puto running. Podía haberme interesado por el golf o la filatélica, pero creo que correr saca a la luz la única cosa en la que destaco. No soy muy listo, ni especialmente brillante. Soy bajito y calvo. Despistado y desorganizado… pero –maldita sea- nunca me rindo.
 
Si hoy consigo cruzar la meta, no será por postureo, sino porque me parece inconcebible no intentar algo si tengo una mínima posibilidad de conseguirlo. Así vivo. Así trabajo. Así corro.

 
 
 
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(Ilustración original cortesía del dibujolari Hugo Tobio)

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