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Cuida la UX de tu empresa, no sólo de tu producto



Para un informático, su ordenador portátil es como la katana para un Samurai. No es una simple herramienta de trabajo, sino un objeto con el que se alcanza tal complicidad y familiaridad, que se percibe como si fuera una extensión propia.
 
Por eso, cuando un guardia de seguridad le pega un adhesivo de registro de entrada, me molesta tanto como si me obligara a pegármelo en la frente. Tanto como si metiera un dedo en mi nariz y lo girara en el sentido contrario a las agujas del reloj.
 
Es una afrenta gratuita, torpe e innecesaria. Sobre todo, cuando estás acudiendo a una oficina extraña, no porque quieras vender nada –ni siquiera por iniciativa propia- sino porque has sido convocado.
 
No sé si alguien se ha parado a pensar en la experiencia de usuario de aquellos que visitan su oficina, pero la mayoría es pésima y consigue que los invitados empiecen las reuniones a la defensiva. Invitados que son potenciales clientes, proveedores... o empleados; y que deben enamorarse de nosotros, no de nuestro producto.

Lo peor de todo es que habrá algún cretino que haya ojeado “El arte de la guerra“ de Sun Tzu y crea que esto le da algún tipo de ventaja negociadora.
 
Es curioso ver como las empresas técnicas se preocupan de forma enfermiza por eliminar cualquier barrera de entrada y facilitar el uso de sus tecnologías y productos, pero no prevén hacer lo mismo cuando el producto es la compañía en sí misma.
 
Y es que de nada sirve que te gastes millones de jeroclos para contarle al mundo lo abierta, transparente e innovadora que es tu compañía si cualquiera que vaya a visitarte puede comprobar, en los dos primeros minutos, que estás más preocupado por que te robe algo que porque se sienta cómodo.
 
He visitado oficinas por medio mundo y he visto todo tipo de controles de acceso y registros de visita, desde un escaneo de cuerpo completo en un fabricante de software de seguridad en Tel Aviv hasta el quiosquito que tienen montado en la oficina de Google en Madrid y que escupe una especie de ticket de turno de pescadería que es tu salvoconducto para poder pasar.
 
Y, por supuesto, siendo tan patoso y propenso a los accidentes como soy, tengo mil y una anécdotas que contar. Desde quedarme atrapado en una especie de limbo en el Distrito Central de Telefónica -por despedirme mi anfitrión en una zona por la que no podía salir fuera del edificio… ni tampoco volver a entrar- hasta ser confundido con el chico de la limpieza en el centro de coworking donde trabaja uno de mis inversores; o ser interrogado por un novato de la oficina de Atlassian en San Francisco sobre cuánto tiempo llevaba en la empresa. Cosas de trabajar en remoto.
 
Lo que he visto es poco sentido común. Si alguien tiene la capacidad de tomar decisiones –desde una compra hasta un proceso de selección de personal- y convocar reuniones para ayudarle a tomarlas, también debería ser capaz de responsabilizarse de sus invitados y de sus acciones desde el momento en el que ponen un pie en las instalaciones de su empresa hasta que las abandonan.
 
Y también es responsable de que se lleven una buena impresión de la empresa o, al menos, de que esta no empeore. Lo que nos lleva, como casi siempre, al maldito y olvidado factor humano. Seguro que conocéis más de una compañía que ha invertido un pastizal en unas oficinas que vendan por sí solas, pero ¿conocéis alguna que dé algún tipo de formación –o, al menos, unas simples indicaciones- sobre cómo recibir a los visitantes? Porque el hecho de ser buenos ingenieros o gestores no nos convierte en buenos anfitriones.
 
Podemos discutir largo y tendido sobre cómo controlar la posible sustracción de hardware con adhesivos RFID incorporados en las máquinas propias, no de terceros. O la necesidad de pedir un DNI para comprobar que eres quien dices ser cuando has sido convocado previamente, pero todo eso es secundario. Mientras no nos mentalicemos que cuando alguien viene a nuestra oficina nos está haciendo un favor -no al revés-, mal vamos.



 
 
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(Ilustración original cortesía del dibujolari Hugo Tobio)

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