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La Cultura del Sí por defecto

 
La gente habla de la cultura corporativa como si fuera algo inerte, que se pudiera diseñar o planificar; en vez de ser algo vivo, que se modela día a día.
 
Poder trabajar en chancletas o estar obligado a llevar traje en agosto son sólo normas, no es cultura de empresa. Que en una organización se trabaje con mayor o menor libertad, sí.
 
Se puede promover, pero nunca imponer, porque surge con la dinámica de trabajo. En definitiva, la cultura corporativa la crean las personas no las estructuras.
 
No hay cultura buena o mala, mejor o peor, si sus trabajadores están a gusto con ella y consigue que la empresa funcione. Sobre el papel, una empresa que considera que sus proveedores no son socios sino recursos reemplazables, donde el secretismo te impide hablar del trabajo con tu familia y amigos y con una estructura rígidamente jerarquizada no parece el mejor lugar para desarrollar la creatividad y ser competitivo en los tiempos que corren y, sin embargo, Apple va como un tiro.
 
Por fortuna o por desgracia, mi pequeño equipo de trabajo no se parece en nada a Apple. Todos venimos de compañías más o menos grandes y en poco tiempo llegamos a la conclusión de que, si con menos recursos intentábamos replicar las estructuras y métodos de trabajo que conocíamos, no tendríamos ninguna posibilidad de competir y sobrevivir.
 
Por eso, de una forma natural, en el equipo se ha ido instaurando La Cultura del Sí por defecto: una vez detectado un problema o una necesidad, cualquiera puede proponer una solución. Por defecto, cualquier propuesta es aceptada. Ningún miembro del equipo se opondrá si no tiene una propuesta mejor.
 
Parece una estupidez, pero ha cambiado por completo nuestra forma de trabajar. En vez de gastar tiempo y energía en demostrar que algo no va a funcionar, sólo lo hacemos para encontrar algo mejor.
 
No tenemos tiempo para preparar sesudos informes o enzarzarnos en interminables debates que demuestren que alguien se ha equivocado. Si algo no te convence, propón una alternativa mejor o cállate la boca.
 
Al contrario de lo que muchos pueden pensar, esta forma de trabajar nos obliga a ser muy disciplinados. Para no correr como pollos sin cabeza, no se hace nada si no se sabe por qué se hace.
 
La misma cultura que favorece la ejecución improvisada machaca la improvisación estratégica por el mismo motivo: proteger nuestro recurso más escaso, nuestro tiempo.
 
Cuando alguien nos pregunta por qué no hemos hecho algo, invariablemente es porque aún no sabemos cómo rentabilizarlo… o cómo hacerlo. Porque nadie ha propuesto algo que se haya ganado un Sí por defecto.
 
Somos extraordinariamente lentos en determinar el QUÉ, pero una vez que lo conseguimos,  intentamos no perder ni un segundo en el CÓMO antes de que lo validen los usuarios.
 
Y esta semana estamos de aniversario. Porque hoy cumplimos 40 semanas seguidas lanzando al menos una funcionalidad o mejora. Sé que algunos de esos lanzamientos no funcionaron como esperábamos, pero, aun así, creo que hemos creado mucho más valor en estos 200 días que si hubiéramos construido una cultura del No.

 

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