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Miedo, principios y Rusia

 
Este artículo debería hablar sobre cómo hacer negocios en Rusia, pero Rusia sólo era una excusa para hablar de algo mucho más cercano, el miedo.
 
Después de escribirlo, se lo mandé a mi amigo Molpe. Amigo, entre otras cosas, porque hace lo que hacen los amigos: decirte lo que tienes que escuchar y no lo que quieres escuchar.
 
Molpe me contestó preguntándome: “¿Qué quieres transmitir con el texto? Lo leo y me pregunto: ¿Qué querrá decir este idiota hoy?”.
 
Y tenía razón. En realidad, sabía lo que quería transmitir, pero no me estaba atreviendo a decirlo abiertamente.
 
Lo que quería decir es que tengo dudas, miedo. Miedo a estar haciendo las cosas como quiero hacerlas, no como tienen que hacerse.
 
Desde que creamos nuestra pequeña empresa, hemos ido construyendo cosas poco a poco, siendo siempre fieles a nuestros principios y valores: no hemos solicitado ninguna subvención porque pensamos que el dinero público está mejor empleado en inversiones más seguras como Sanidad o Educación, antes que en nosotros. Pagamos religiosamente todos nuestros impuestos para poder sentirnos, luego, legitimados a exigir que los inviertan responsablemente y, por si fuera poco, hemos decidido ser totalmente transparentes y compartir todo el conocimiento que vamos adquiriendo.
 
Y eso no me hace sentirme moralmente superior. Al contrario, me genera grandes dudas. Miedo. Auténtico PAVOR a estar haciendo el ridículo.
 
Hace un par de semanas, estuve unos días en Rusia para dar una conferencia. El tiempo suficiente como para darme cuenta de que es un mercado atractivo, INMENSO… y “complicado”. Si quieres hacer negocios allí, lo más probable es que en algún momento tengas que olvidarte de tus principios o mirar hacia otro lado, mientras alguien lo hace por ti.
 
Y a lo mejor debería hacerlo, porque tengo miedo a estarme equivocando. Fuera de fantasías y mundos de piruleta, no sé si, en el país y el trabajo que me ha tocado vivir, uno puede intentar ser íntegro y al mismo tiempo competitivo.
 
Hasta el momento, los principios sólo han hecho que todo vaya mucho más lento. Que los resultados esperados tarden en llegar. Y eso ACOJONA cuando ves como a tu alrededor el mundo se desmorona y, cada semana, otro amigo se queda sin trabajo.
 
El miedo es el último tabú. La industria tecnológica de este país está aprendiendo a tolerar el fracaso, pero no soporta el miedo. Si confiesas públicamente que tienes miedo a equivocarte y elaboras una estrategia que te permita hacer correcciones, los posibles inversores pueden pensar que “no tienes claro” tu proyecto. Y, si no tienes respuestas para todas las preguntas, parte de tu entorno empezará a preguntarse si tienes claro “a dónde vas”.
 
Sin embargo, reconocer que se tienen dudas y que a veces el miedo a tomar una decisión incorrecta atormenta y atenaza, sólo puede ser sano. Probablemente, haya mucha gente sintiendo y pensando lo mismo que yo, que son bichos raros, cobardes que han conseguido colarse de tapadillo en un mundo de machos Alfa.
 
Si quisiera verlo todo claro y saber a ciencia cierta dónde voy, habría montado un bar, no una empresa tecnológica. Tengo la sensación de que cada paso que doy lo doy en un campo de minas que sólo puedo combatir a base de prueba y error. Y los principios, los MALDITOS principios, sólo consiguen que camine en línea recta, no que no me tiemblen las rodillas.

Y lo que más miedo da es que, en el fondo, sabes que, si todo sale mal, no será culpa de tus principios o de los impuestos, sino de que tu producto o servicio no era suficientemente bueno o tú no fuiste capaz de hacer que funcionara. Sin excusas.
 
No sé si reconocer que tengo miedo me hace menos admirable o invertible, pero espero que al menos me haga más creíble.
 


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