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Una historia informática de terror
 


Mañana es Halloween y muchos podremos disfrutar de una terrorífica velada con los más pequeños de la casa, contando historias de miedo bajo una cueva de sábanas apenas iluminada por la luz de una linterna.
 
La mayoría de relatos que nos hacen temblar tienen protagonistas comunes –niños que se pierden en el bosque, monstruos inimaginables o, peor aún, abogados- pero, si queréis que vuestros hijos, sobrinos o nietos pasen miedo DE VERDAD -y, al mismo tiempo, aprendan un poco más sobre como es el día a día de un informático- podéis contarles la muy terrible y espantosa historia de Encarni Casiempre.


Bonilista Halloween

Encarni había conseguido escalar por el organigrama de MeatTech, desde el puesto de programadora rasa hasta convertirse en gerente de cuentas, gracias a su esfuerzo y abnegada dedicación.
 
Mientras se dirigía a las oficinas del organismo público donde su empresa había colocado a 38 programadores, a su smartphone llegó un mail de su jefe en el que estaba incluida en copia junto a 50 personas más -compañeros, clientes y completos extraños por igual- con un chiste rancio y machista que consiguió ponerla de mal humor.


Todavía no había dejado atrás el aparcamiento cuando otro correo consiguió que parara en seco. Una compañera le avisaba de que la Inspección de Trabajo del Ministerio de Empleo y Seguridad Social había sancionado a su empresa con la prohibición de contratar con cualquier Administración Pública europea –local, autonómica o estatal- durante tres años, debido a infracciones graves como cesión ilegal de trabajadores y el despido improcedente de trabajadores, vulnerando algunos de sus derechos fundamentales.
 
Era un desastre. La mayoría de la facturación de MeatTech provenía del sector público, donde trabajaban cientos de técnicos de la compañía. Sin todos esos suculentos contratos ¿Qué harían? ¿Qué otro tipo de clientes podrían encontrar? Encarni sintió que el mundo se hundía bajo sus pies y que, todo lo que había conseguido con años de esfuerzo, se venía abajo como un castillo de naipes por la obstinación de dos o tres sindicalistas y la estupidez y complicidad de un sistema jurídico completamente alejado de la realidad.

Fue hacia la cafetería del complejo para tomarse una manzanilla que le ayudara a templar los nervios. Allí, acodado en la barra, se encontró a Paco Mercial –otro gerente de MeatTeach- disfrutando de su habitual carajillo de las 9 de la mañana con aparente tranquilidad.
 
-Paco ¿Ya te has enterado? ¡Nos prohíben contratar con la Administración Pública!

-¿Y qué? Esos contratos se los llevaran otras empresas que necesitaran gente como nosotros para que engrase la maquinaria -dijo el veterano comercial sin apenas mirarla mientras llamaba la atención al camarero para que se cobrara.

-Pero ¿Y todo nuestro esfuerzo? ¿Y todos esos contratos por los que hemos derramado sangre, sudor y lágrimas?
 
Por primera vez, Paco miró a Encarni directamente con unos ojos cansados y llenos de amargura.
 
-Mira bonita, los contratos ganados no tienen nada que ver con lo que tú o yo hayamos hecho o el supuesto valor que aporte nuestra empresa. La mayoría están otorgados a dedo por el Director Informático de este chiringuito que, casualmente, es el marido de nuestra nueva y flamante subdirectora. ¡Qué coincidencia! ¿verdad?

Incapaz de soportar el cinismo de su compañero, Encarni abandonó la cafetería para dirigirse al sótano donde trabajaban la mayoría de técnicos de MeatTeach en el edificio. Allí se encontró con Amador -uno de los programadores más veteranos- sobre el que descargó toda su frustración.
 
-¡Amador! ¿Os ha llegado ya la noticia? ¿Os ha dicho algo alguien del Departamento?
 
Amador tardó unos segundos en romper su concentración y, tras acabar la línea de código que estaba escribiendo, se giró para contestarla desde su silla.
 
-Buenos Días Encarni. No, nadie nos ha dicho nada, pero era algo esperado desde que el año esperado el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña ratificara la sentencia contra la empresa. Se veía venir…
 
Desesperada por la parsimonia con la que todos parecían tomarse la noticia, Encarni no pudo evitar levantar la voz.
 
-¿Pero qué os pasa a todos? ¡Están a punto de echarnos de aquí! ¿Es que no le importa a nadie?

 
-No es que no nos importe, es que era algo que tenía que pasar –dijo el viejo programador-. Nuestra empresa no hace nada aquí más que aportar personal que, podría estar contratado por cualquier otro y nadie lo notaría. No dirigimos el proyecto, sólo hacemos lo que nos mandan. A todos los efectos, somos funcionarios de la Generalitat ¡Si hasta son ellos los que nos tienen que aprobar las vacaciones!. Cuando Lluis, Carlos y Lucía protestaron e intentaron cambiar las cosas, nuestra empresa les echó y tú, yo y todos miramos para otro lado. Todos somos un poco culpables de lo que pasa aquí y de haber llegado a esta situación…

Encarni se despertó desorientada y empapada en sudor. Afortunadamente, todo había sido un mal sueño. Su teléfono empezó a vibrar en la mesilla, haciéndola volver abruptamente a la realidad. Era un email de su jefe en el que estaba incluida en copia junto a 50 personas más -compañeros, clientes y completos extraños por igual- pero, esta vez, no era una broma. Encarni pudo comprobar que, a veces, la realidad supera nuestros peores sueños.


 
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(Ilustración original cortesía del dibujolari Hugo Tobio)

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