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El Síndrome del Impostor
 
 
Hay mucho ser humano confundido, creyendo que los que nos atrevemos a calificar nuestra empresa como una startup, andamos a cámara lenta, como los pilotos de Top Gun.
 
Que el emprendedor tecnológico mira por encima del hombro a las personas normales que han elegido vidas grises marcadas por la cadencia mensual de una nómina, en vez de una existencia emocionante llena de running y partidas de ping-pong, financiada por el dinero de despreocupados inversores.
 
Sin embargo, la mayoría de emprendedores que conozco son más humildes y discretos que el técnico medio, capaz de escribir un artículo en su blog para demostrar que hay alguien equivocado en Internet o machacar a alguien públicamente –en Twitter, o en las preguntas y respuestas después de una charla-, sólo para demostrar que él sabe más sobre una determinada tecnología o herramienta.
 
Da igual que tu empresa tenga más o menos éxito. Crear un modelo de negocio nuevo y conseguir hacerlo rentable requiere de tantas cosas que la mayoría de nosotros sufre en mayor o menor grado el Síndrome del Impostor, el trastorno diagnosticado por primera vez por Pauline Clance y Suzanne Imes en 1978.
 
Si la cosa va bien, el emprendedor con una edad mental adulta sabrá qué es gracias a una combinación de factores –desde construir una tecnología con una ventaja competitiva, los contactos, el timing o hasta la pura y simple suerte- en donde su desempeño es sólo uno de los ingredientes de la receta del éxito.
 
Si la cosa no va tan bien –recordemos, como en la mayoría de las startups- la cosa es aún peor. Empiezas a darle vueltas a la cabeza sobre si el problema no eres tú mismo. Cuestionas si tienes la experiencia o habilidades necesarias para hacer lo que tienes que hacer. Te preguntas como tú, que no eres ningún Steve Jobs –ni de Cupertino ni de Castellón-, tuviste la caradura de pedir dinero a unos inversores que pueden perderlo todo por haber confiado en un tipo con más optimismo que experiencia. Un impostor.
 
Sólo llevo 15 años trabajando en tecnología. Apenas estoy empezando a saber de qué va todo esto, pero uno ya ha vivido lo suficiente como para saber que el ego es un lujo que sólo puede permitirse un profesional inexperto. Alguien que no ha recorrido todo el camino.
 
Porque, aunque algunos ni siquiera sepan que existen, hay dos grandes pasos que dar si quieres tener una visión holística y real de tu trabajo.
 
El primero cuando, por tus funciones y responsabilidades, tu desempeño se juzga no por lo mucho o bien que trabajes, sino por como lo hagan las personas que tienes a tu cargo.
 
El segundo -aún menos recorrido- cuando lo bien o lo mal que lo hagas ni siquiera depende de personas que tienes a tu cargo, sino de factores externos que jamás controlas totalmente: clientes, competencia, viralidad, financiación…
 
Aitor Guevara, confundador de Ducksboard, ha descrito muy bien esa travesía en un artículo que ha inspirado esta columna. No encontraréis ego en el texto de Aitor sino la zozobra que supone tener que empezar de nuevo de cero cuando ya conocías y dominabas tu entorno profesional.
 
En realidad, las reuniones de camaradas del mundillo estartapil parecen más grupos de autoayuda que fiestas de futbolistas en privés de discotecas. Hay mucha más culpabilidad que soberbia.
 
Sólo cuando empiezas a hablar con otros que sienten lo mismo que tú y compartes experiencias comunes, te atreves a darte una oportunidad a ti mismo. A pensar que, el término que mejor te defina quizás no sea el de impostor, sino el de explorador. Puede que no sepas muy bien a dónde vas, pero sabes perfectamente lo que persigues.
 
 


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